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Hospital El Sauce: de “loquero” a espacio de rehabilitación

Uno - Lunes 21 de octubre de 2013

Muchos son los cambios que enfrentó este centro de atención psiquiátrica. El más importante: no perder de vista la dimensión humana del paciente.

He ido al hospital psiquiátrico El Sauce en varias oportunidades a través de los años. Cuando cuento que voy a ir a hacer una nota, más de uno me acerca historias que le contaron, trágicas, casi literarias, que rondan este lugar. Y me acuerdo de que en mi infancia decían que el que entraba en él nunca más salía.

El predio sigue silencioso, como lo recordaba, aunque hay un movimiento en los senderos internos de los espacios verdes que antes no estaba. Madres con niños pequeños, en brazos o de la mano y señores con andar lento se acercan al centro de salud Ramón Carrillo, que atiende en el predio del hospital, pero que en realidad está abierto a toda la comunidad de la localidad El Sauce, en Guaymallén. Algunos de los profesionales que trabajan en el centro de salud atienden también a los pacientes del hospital, como por ejemplo, el equipo de nutricionistas.

Si bien ese día iba sólo a encontrarme con la directora del hospital, la doctora María Patricia Gorra, en el momento le pedí si podía recorrer las instalaciones y, sin problemas, pude hacerlo. Digo esto porque no hubo tiempo de “puesta en escena”, de limpiar y ordenar para la prensa, sino que lo que vi era la rutina de un día cualquiera. Y tuve una grata sorpresa.

Décadas de cambios

En unas épocas no tan lejanas, a los pacientes psiquiátricos se los mantenía desnudos y sedados, para evitar que se escaparan. Y para muchos ha quedado instalada la idea de que uno verá en estos nosocomios deambular a hombres y mujeres como zombis, con una mínima respuesta a causa de la medicación. Sólo basta ingresar a los talleres terapéuticos del hospital El Sauce para alejar ese prejuicio.

El lugar está lleno de colores y se escucha música (“siempre tenemos música, me cuenta uno de los pacientes”). La sala, igual que el resto del hospital, está recientemente pintada y algunos muros tienen grafitis que suman más color. A los pocos minutos de ingresar, estamos prácticamente rodeados por los pacientes, que nos miran con curiosidad, sobre todo al fotógrafo. No pasa mucho rato para que de a uno o dos se acerquen a hablar y muestren sus trabajos con orgullo. Y piden fotos, para las que posan abrazados.

Patricia Puebla, profesora de artesanía del servicio, cuenta que estos talleres (cerámica, pintura, gimnasia, jardinería, teatro, etcétera) son rotativos, “porque el mundo no tiene una sola realidad y es bueno que ellos conozcan y se adapten a distintas disciplinas”. Y refiere que hecha la derivación del paciente por su médico, saben cuántos días va a estar internado y de acuerdo a ello determinan el trabajo a realizar “para que pueda llevarse algo, el dibujo, el cuadro, una plantita. Muchos de ellos tienen problemas con empezar algo y no poder terminarlo, por eso queremos que en los talleres puedan llevarse un trabajo concluido”.

Matías (35) tiene mucho más que un trabajo para llevarse. Hace 13 años que está en Mendoza y en su hablar todavía se encuentra el inconfundible acento porteño. Él pinta. Y recuerda que en su infancia solía dibujar, pero que su afición por la pintura recién la descubrió en el hospital. Tiene muchas obras, en los que el color lo delata: de sus sombríos trabajos del inicio ha pasado a cuadros llenos de color. Es más, cuando me muestra el primero que pintó dice: “Uy, qué feo este” y rápidamente se inclina por los de reciente factura.

Dar cara a los prejuicios

Antes de llegar al vivero donde Laureano Muzlera tiene su taller de jardín, pasamos por el de teatro, donde se ven las sillas que antes estaban en el cine Opera, que han vuelto a servir como tales en la sala Las Lilas de Peña, en honor a Lila Peña, primera terapista de El Sauce.

El profesor está enseñándoles el rol del protagonista en una obra de teatro y el rol del “ayudante”, el que propicia que la acción avance. Desde el escenario habla por celular y desde las butacas alguien le contesta. Empiezan a improvisar y todo termina en una juntada para un asado. Su “ayudante” ya ha subido al escenario y el resto se ríe de las ocurrencias de los dos en escena.

A una puerta de distancia, Laureano muestra las plantas de zanahorias, cebollas, rabanitos, que crecen en prolijas hileras. Hace pocos meses que trabaja en el hospital (desde febrero de este año)y dice que al principio tenía muchos prejuicios acerca de cómo sería trabajar con este tipo de pacientes: “Una vez que estás con ellos, que ves que son personas como vos y yo, el trabajo se te hace simple”, confiesa, mientras sus alumnos van y vienen con plantines desde el invernadero. Es un día más que pasan ocupados dentro de la breve estadía que la mayoría de ellos tendrá en este centro de atención psiquiátrica.

La doctora Gorra cuenta que el promedio de internación es de 26 días, aunque hay unos pocos pacientes de larga permanencia. Esto se entiende a la luz de la Ley de Salud Mental 26657, sancionada en 2010, que indica que en los hospitales psiquiátricos la internación siempre debe ser vista como el último recurso. De allí a que en la actualidad este hospital sólo tenga 130 internados, cuando por mes atiende a 2.000 personas en los consultorios externos.

La primera causa de internación es la esquizofrenia, seguida por los trastornos de personalidad, que incluye pacientes con problemas de consumo de sustancias adictivas. Los trastornos por consumo de alcohol y la depresión le siguen en importancia.

Además, desde hace varios años el hospital El Sauce paga hogares de externación, que son familias cuidadoras de pacientes psiquiátricos (muchos de ellos no tienen familia o esta no puede hacerse cargo de ellos), y para aquellos que no pueden trasladarse al nosocomio, un médico, un enfermero y un trabajador social asisten a su casa para atenderlo y llevarle la medicación necesaria.

La camiseta puesta

Los prejuicios han existido –y existen, aunque con síntomas de mejoría– en torno a los pacientes que sufren trastornos psiquiátricos. Y aquí la palabra “sufren” está exactamente empleada, porque nadie que no haya atravesado una patología de este tipo o haya tenido a algún ser querido atrapado en esta circunstancia puede entender lo doloroso que son estos procesos.

Y si a ello se suma el maltrato, el abandono, la incomprensión, la situación se vuelve casi insoportable.

Por eso es tan alentador ver que las personas que trabajan en este lugar “tienen la camiseta puesta”. Y vale un ejemplo. En el sector de lavandería están trabajando cinco personas. Una de ellas, Silvia Díaz, lleva 43 años trabajando aquí. A sus espaldas hay una enorme pila de ropa, toda de los internos, que llega todos los días para lavar, además de sábanas, toallas y toallones.

Uno de sus compañeros me pregunta si siento un olor especial en el lugar. Le digo que a jabón, a limpio. Y él me responde: “Ese es el olor que queremos que tenga la ropa de los pacientes.

Algunos de ellos se orinan encima y no pueden estar así. Ellos ya sufren mucho por lo que les pasa, lo menos que podemos hacer es que su ropa esté limpia, que se sientan limpios”.

Y lo dice con un orgullo que emociona. Ese mismo espíritu se ve en las otras dependencias, donde quien cose las camisas o hace de las sábanas rotas fundas nuevas (Blanca Ramírez, la única costurera) entiende lo importante de su tarea, al igual que quienes planean la alimentación y la atención médica. Han logrado dar el paso de decir que lo más importante es el paciente, a instrumentar acciones que lo acreditan.

Por supuesto que todo es perfectible. Si tuvieran tal o cual caldera en la lavandería, más materiales para los talleres terapéuticos, más enfermeros especializados en atención psiquiátrica, podrían mejorar mucho. Pero hay que reconocer que, con los recursos que tienen, hacen demasiado.

Sorpresa adicional

La cocina del hospital, cuyo servicio está tercerizado tanto para la limpieza como para la preparación de alimentos, sigue los mismos estándares de calidad que cualquier hotel internacional. Manipulan en superficies diferentes las carnes, las verduras, etcétera, para evitar la contaminación cruzada. Y para que el fotógrafo pueda ingresar, inmediatamente le suministran barbijo y cofia, que usan todos los que entran al lugar, así sea por cinco minutos. Y se ve impecable.

Todos los menús (son varios) incluyen verduras (cocidas y crudas), frutas, carne, pescado y pollo. Van variando estacionalmente, para evitar que se aburran de comer lo mismo, porque el equipo de Nutrición tiene claro que la comida le genera al paciente psiquiátrico una expectativa diferente. Es una fuente de gratificación para ellos.

En esta cocina elaboran cinco comidas diarias (desayuno, almuerzo, merienda, cena y una colación) y si algún paciente necesita una colación adicional, también se la proveen.

Hay que tener en cuenta que este hospital, a diferencia de otros centros asistenciales, no tiene un buffet, es decir que todos los alimentos son provistos al paciente por el hospital. Hay un quiosco al que algunos pueden acceder –recordemos que muchos de ellos se trasladan de un consultorio a otro dentro del predio– y al que se le ha pedido que incluya opciones saludables (barritas de cereales, aguas saborizadas) para aquellos internos que tienen problemas de sobrepeso u obesidad.

Sufrimiento diferente

La doctora Gorra hace 23 años que trabaja en el hospital El Sauce y 6 que es la directora. “Cuando decimos que para nosotros lo prioritario es el paciente, es porque todos estamos de acuerdo en algo: el sufrimiento mental es grave, es sufrir en todo. Por ejemplo, una característica de estos pacientes es que no tienen conciencia de su situación y se preguntan qué hacen en este lugar si ellos no se reconocen como enfermos. Y estar en un espacio desconocido, con personas desconocidas y sin poder saber por qué, es una situación de mucho dolor”, sintetiza.

Solamente hay que ponerse por un instante en el lugar de una persona que sufre esto para entender lo importante que es la familia y el personal que los asiste en esos difíciles momentos. En este hospital están trabajando duro para apagar un poco ese dolor.

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